Hong Kong tiene más rascacielos que cualquier otra ciudad del mundo y, aun así, alrededor del 40 % de su territorio es parque rural o reserva natural. Esa cuenta resume el viaje: por la mañana caminas entre torres de cristal en Central, por la tarde estás en una cresta con el mar a ambos lados y por la noche cenas en un mercado callejero de Kowloon. Además de la isla de Hong Kong y de Lantau, el territorio suma más de 260 islas menores, así que cruzar el agua se vuelve parte de la rutina, y de las mejores.
Un poco de contexto ayuda a entender lo que ves. Tras 156 años de administración británica, Hong Kong se convirtió, el 1 de julio de 1997, en una región administrativa especial de la República Popular China. Funciona bajo el principio de «un país, dos sistemas», con la Ley Básica como documento constitucional, y por eso conserva su propia moneda, el dólar de Hong Kong, además del chino y el inglés como lenguas oficiales. En la calle manda el cantonés, lengua cotidiana de casi nueve de cada diez habitantes.
Para organizarte, piensa en tres piezas. En la isla de Hong Kong están el Pico, Central y Sheung Wan, donde templos del siglo XIX resisten entre edificios de oficinas. Al otro lado del puerto Victoria, Kowloon reúne el paseo marítimo de Tsim Sha Tsui, los mercados nocturnos y los templos más concurridos. Lantau, vecina del aeropuerto, guarda el Gran Buda y el pueblo de palafitos de Tai O. Metro, ferri, autobús y tranvía lo conectan todo, y una sola tarjeta, la Octopus, paga casi todo.